
M'hijo el dotor
En cualquier viaje que uno emprenda, no puede faltar en el equipaje de mano algo para leer. Usualmente llevo conmigo algunas revistas Oblogo y un libro liviano que me “hacen el aguante” cuando las horas de espera matan en los aeropuertos. Ya en el avión, uno dispone de la revista de la aerolínea para distraerse durante el vuelo.
Curiosa como soy, nunca dejo de hojearlas –me refiero a las revistas de las aerolíneas–. Usualmente, a través de sus artículos, construyen una imagen de los lugares que sugieren visitar, al tiempo que no pierden la oportunidad de promocionar con “bombos y platillos” los destinos nacionales. La revista de Alitalia, por ejemplo, se llama Ulisse, y tiene la particularidad de que sus artículos son de autor. Un “Marley” italiano se sube a un avión de Alitalia –lógicamente–, y visita un destino. Luego escribe un artículo con sus impresiones sobre el lugar visitado y proporciona recomendaciones para los turistas que decidan ir.
Revisando la Ulisse de enero de 2012 (año XXXIV, N° 328), me encontré con un artículo que me detuve a leer; se titulaba Patagonia, bella e selvaggia. Stefano Malatesta, el autor, comenzaba describiendo paisajes de la Patagonia, y relataba en primera persona su estadía en una estancia en el sur de nuestro país. Enamorado de los paisajes y la gastronomía, Malatesta estaba también fascinado por la cultura argentina, su historia y su gente… y, como buen italiano, ¡ya sabía más de Argentina que un argentino!
El artículo era extenso, y si me estás leyendo, Malatesta, lo de “sabelotodo” te salió mal: tu escrito tenía errores. Los Tehuelches, por ejemplo, no son la única “tribu” originaria de Argentina, y el fenotipo de un argentino promedio es como el de un “europeo occidental” por razones más complejas que la Conquista del Desierto de Roca. ¡Pero vamos, tano! No quiero polemizar y, en realidad, me gustaría detenerme en otro pasaje de tu artículo.
Este buen señor –o sea, Malatestatodolosé–, comentaba que había visitado el Glaciar Perito Moreno, y deslizó la siguiente apreciación: “nunca comprenderé por qué los argentinos precisan con exactitud sus títulos y grados. Las Avenidas no se llaman Juan Perón, sino Gral. Juan D. Perón. El Glaciar Moreno se llama Glaciar Perito Moreno, y el libertador de la Patria no es San Martín, sino el Gral. José de San Martín”. Me quedé pensando si existía una explicación para la duda de este buen hombre, y se vino a la cabeza la obra M’hijo el dotor del genial escritor uruguayo Florencio Sánchez.
En Argentina no existen Reyes, Príncipes, Condes ni Duques. Ningún argentino tiene títulos nobiliarios –o sí, pero nadie que yo conozca–. Pero en cambio, conozco a Doctores, Abogados, Médicos, Licenciados, Ingenieros, Generales, Maestros, Comodoros, Contadores, Arquitectos y Profesores. No son títulos heredados, sino títulos conquistados con esfuerzo y duro trabajo. No son títulos derivados de una aristocracia de sangre, sino de una meritocracia de espíritu cultivado y motivada por aprender.
Hasta que no lo leí en el artículo de la Ulisse, no había pensado detenidamente en que me da mucho orgullo provenir de un país que llama a su aeropuerto principal Ezeiza – Ministro Pistarini, que tiene ex Presidentes como el Dr. Arturo Illia o en el que existen las Avenidas Gral. Juan D. Perón o Gral. José de San Martín. Tal vez para Malatesta suene ridículo y no tenga sentido. A mí me gusta pensar que es el producto histórico y social de una Argentina en la que hay –o hubo, no lo sé– más “Julios” que “Olegarios”, más “Dotores” que aristócratas.
En mi próximo viaje, el libro liviano que me “haga el aguante” será M’hijo el dotor, y por ahí, si me cruzo con Malatesta, se lo regalo para que lo tenga.





















