Diez años después

31 12 2011

Han pasado ya diez años de la trágica crisis argentina de 2001, pero me parece que fue ayer. Aún recuerdo a mi papá avisándole asustado a mi mamá que habían declarado estado de sitio en todo el territorio nacional. Todavía escucho las cacerolas vacías que denunciaban la miseria provocada por un proceso político y económico que, desde hacía 25 años, estaba destruyendo el tejido social de mi país. Todavía tengo presente que la Navidad de 2001 no fue tan alegre ni tan emotiva como otras navidades. Había 30 muertos en las calles. Habíamos tocado fondo.

Cacerolazos del 20 de diciembre de 2001

Cacerolazos del 20 de diciembre de 2001

Este año, en julio, tuve el privilegio de ser becada por Fundación Carolina para asistir a un curso de posgrado en la Escuela Diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores de España. Allí, en una de las clases, un profesor me preguntó: “¿Cómo es que un país tan rico como la Argentina llega a vivir una crisis como la de 2001? ¡Todavía no lo entiendo!”, y me miró buscando una explicación. Recordé, entonces, a las Juntas Militares, a Martínez de Hoz, a Ronald Reagan, a Nicholas Brady, a Menem, a Cavallo, a Clinton, al FMI, al Banco Mundial, a Anne Krueger, a Stanley Fischer… y enmudecí. Me pasa a menudo. Cuando pienso en la crisis de 2001 se me llenan los ojos de lágrimas –como ahora mismo–, y se me hace un nudo en la garganta. No concibo tanta corrupción y tanta irresponsabilidad, y me cuesta comprender que un país que recibe su nombre del noble metal de la plata –argentum–, llegue a la vergüenza de (re)producir endémicamente la peor de las enfermedades sociales: la indigencia.

No es el propósito de este post referir el proceso político y económico que terminó por estallar aquel 20 de diciembre de 2001. Sería largo, complejo y difícil de resumir. Pero tengo la íntima convicción de que durante casi 25 años, los argentinos fuimos sometidos a la progresiva destrucción de los deseos de proyectar y de la confianza en nosotros mismos y en nuestro país: nos habían arrebatado la esperanza. Jefes de familia perdieron sus trabajos; los jóvenes fuimos sometidos a una progresiva flexibilización laboral; crecieron los asentamiento urbanos precarios y los índices de malnutrición se convirtieron en un estigma vergonzoso. ¿Cómo proyectar? ¿Con qué soñar? ¿En qué creer?

La recuperación económica de la Argentina nos ha devuelto la esperanza. También los planes sociales inclusivos y el hecho de que el mundo nos vea, de alguna manera, como un “modelo” a seguir en medio de tanta crisis y especulación. Sí: nos falta seguir trabajando, nos falta construir ciudadanía, nos falta reforzar el tejido social. Pero, a pesar de todo, estoy orgullosa de lo que somos y de lo que hicimos con lo que nos dejaron. Aún así, me sigo preguntando una y otra vez cómo llegamos a aquel 20 de diciembre de 2001… y no puedo evitar sentir tristeza.

El 1º de diciembre de 2011, diez años después, Patricia Janiot entrevistó a Domingo Cavallo en Panorama Mundial, programa prime time de la CNN en Español. Para la ocasión, solicitó a los twitteros de todo el mundo que le sugirieran preguntas para hacerle al ex Ministro. Se me vino a la mente la única pregunta que, con una mano en el corazón, me encantaría que me respondieran María Julia Alsogaray, Carlos Menem y Domingo Cavallo (entre otros, claro). Tuve la suerte de que Patricia Janiot la leyera al aire. Cavallo, por supuesto, nunca la respondió, pero me quedó la tranquilidad de saber que aquel señor era, ahora, parte de la historia. Una historia triste, pero historia al fin.

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